El bar

 

 Por: Pedro  Luis Flores

 

El bar estaba como de costumbre, mitad a oscuras; tres

mesas ocupadas, un hombre en la barra vestido con una

camisa a cuadros, tipo vaquera, pantalón de mezclilla,

botas y un sombrero de cascada, Stetson de paja. El

tecladista tocaba cualquier melodía. Me senté y pedí lo

de siempre, vodka tónic; tenía prisa por aprovechar los

treinta minutos que restaban de la hora del 2 X 1. Rafa,

el mesero estaba atento a servir otra ronda apenas el

segundo vaso llegara a la mitad. Su amabilidad y

nuestras pláticas ocasionales de otros días le habían

dispuesto a una atención solícita conmigo. El tecladista

terminó su interpretación y comentó que acababa de

ejecutar un popurrí de Enrique Guzmán; anunció que la

siguiente melodía estaba dedicada al amigo de la barra.

El vaquero giró completamente hacia atrás para poner

atención a la música, que inició con el característico

compás de 5/4 de la melodía Take 5. Al terminar, el

tecladista nos informó que la pieza era creación de Dave

Brubeck. No quise, por urbanidad, corregirle que era de

Paul Desmond. La interpretación fue muy decente y le

aplaudí con cortesía. Al oír mi aplauso, el vaquero

volteó complacido como si él hubiera tocado, y me

preguntó si me había gustado. Le contesté que sí. El

hombre parecía deseoso de iniciar una charla, pero yo

no me sentía con ánimo de hablar. Adiviné en él al

típico gorrón que se acerca con cualquier pretexto a

tratar de hacer plática y termina tomando tragos gratis

que le invitas para tratar, inútilmente, de quitártelo de

encima. En verdad no me contuvo de invitarle un trago

la tacañería sino el deseo de estar un rato a solas. No caí

en su anzuelo de hablar de música, regresé a mis

vodkas.

El tecladista, colocado ya en el estado de ánimo

jazzístico, se arrancó con la melodía Satin Doll de Duke

Ellington. Volteó a verme e hizo un gesto con la cabeza.

En alguna ocasión yo le había pedido que tocara esa

pieza, así que entendí que me dedicaba la melodía.

Volví a aplaudir sin hacer ruido, para agradecerle la

amabilidad. El vaquero había estado atento y me

preguntó cuál era el nombre de la música. “Satin Doll”,

respondí. De nuevo me preguntó si me gustaba la

música, se levantó de su banco y se acercó a saludar. Se

presentó hablándome de usted. Otra vez preguntó el

nombre de la pieza. Le respondí y seguramente lo volvió

a olvidar de inmediato. Regresó a su lugar en la barra y

cuando volteé para asegurarme que se quedaba allí

sentado vi a Rafa con una charola en su mano a la altura

de su hombro. Traía dos vasos jaiboleros rebosantes de

hielo con el vodka puesto y una botella de agua quina.

Estaba vestido con su frac de saco rojo y pantalón

negro. Caminaba dando pasos largos como si fuera

marchando, sonriendo y llevando el compás de la

melodía de Satin Doll. Parecía un pequeño Johnnie

Walker, pero del vodka.

Rafa ya me había servido la tercera ronda doble. El

tecladista anunció que tomaría un breve descanso y nos

dejó con la televisión sintonizada en vídeos de música

pop de los años ochenta. Pedí la cuarta ronda unos

minutos antes de que terminara la hora feliz. Durante el

intermedio el vaquero se levantó varias veces a

preguntarme qué tipo de música me gustaba, si tenía

algún artista preferido y qué canción me gustaba más.

Tratando de no ser descortés le respondí brevemente

que me gustaba toda la música en general,

dependiendo del lugar y el estado de ánimo, pero que

mi preferida era la música de rock. Creo que le comenté

sobre algunos de mis héroes musicales.

El tecladista regresó de su descanso y anunció por el

micrófono que la siguiente melodía estaba dedicada a

mí, el señor de la mesa de la izquierda, junto a la barra.

 

En cuanto inició, la reconocí y me emocionó mucho

porque yo se la había solicitado semanas antes. En ese

entonces me dijo que no la tenía preparada pero me

prometió estudiarla. Ahora sí le aplaudí con fuerza

agradeciendo su amabilidad y tratamiento a Take the A

train, también de Ellington. De nuevo el vaquero se

acercó interesado en saber el nombre de la canción. Le

dije el nombre y preguntó nuevamente; se lo escribí en

una servilleta y también el nombre de Satin Doll. Al

terminar la interpretación volví a aplaudir y agradecí al

músico su generosidad. Al mismo tiempo ya me había

terminado la cuarta ronda doble y pedí un vodka más.

La música continuó con intermedios de descanso y de

música por la tele. Los vodkas siguieron llegando. Saqué

del bolsillo de mi saco un pequeño libro y me puse a

leer y a hacer anotaciones en unas servilletas.

No sé cuánto tiempo pasó. Cuando me retiré los lentes

para descansar la vista, el escenario donde estaba el

teclado había cambiado. Sin que me hubiera dado

cuenta, se habían instalado varios instrumentos

musicales, micrófonos, amplificadores, algunos estánds

con guitarras eléctricas de acabados clásicos muy

elegantes. La iluminación era propicia para un concierto

de rock. Volteé para ver al público o los músicos. No

había nadie. En la pantalla de la televisión sólo se veía

ruido blanco. Sobre mi mesa tenía un vaso lleno. Le di

un largo trago y me levanté para acercarme al escenario

y admirar los instrumentos. Los equipos estaban

encendidos. Me atreví a subir y tomar una de las

guitarras, una Gibson Les Paul clásica con acabado

sunburst. Me coloqué la correa y con el pie encendí uno

de los pedales de efectos, un distorsionador metal zone.

Toqué algunos riff de cliché, Smoke on the water,

Paranoid, La Grange. Estaba fascinado con el sonido.

Cuando levanté la vista y vi a mi alrededor, los

instrumentos restantes ya estaban ocupados por

músicos. Traté de ver los rostros y al ir consiguiendo

mayor percepción no podía creerlo. En la batería estaba

Keith Moon, el desaparecido baterista de The Who,

quien empezó a probar los tambores y platillos Premier

con sus locuras y ocurrencias.

Jimi Hendrix

En el lugar de la extrema derecha estaba Jimi Hendrix,

con su guitarra Fender derecha, volteada a la zurda, las

cuerdas invertidas y la correa sujetada al cuerno menor;

sus grandísimos dedos acariciaban las cuerdas a lo largo

de todo el mástil produciendo unos sonidos de blues

salvaje.

En el lugar central, Jim Morrison,

de The Doors, completamente

pasado. . .

En el lugar central, Jim Morrison, de The Doors,

completamente pasado y con el micrófono casi dentro

de su boca, hacía unos sonidos guturales alucinantes. A

mi izquierda, un poco hacia atrás, un hombre vestido

con ropa de algodón gris oscuro y corbata regimental de

franjas rojas y azules, hacía escalas en un bajo zurdo

color borgoña, Ibanez ATK de triple pastilla. El músico

traía puesta una máscara de cuero con clavos en la

boca, como la de Hannibal Lecter.

 

De inmediato lo reconocí como Paul Gray, el

superdotado bajista de Slipknot. Atrás del bajista,

identifiqué a Rick Wright, el elegante y refinado

tecladista de Pink Floyd, probando los controles de un

sintetizador digital Kurzweil; a su costado, tenía un

órgano Hammond C3. Las exquisitas notas con acordes

de jazz que tocaba al azar me hicieron sentir que flotaba

por el aire. Atrás de Hendrix, una pareja de trompetistas

sin posibilidad de encajonamiento en un estilo único,

Chilo Morán y Miles Davis, hacía piruetas musicales

mezclando jazz con rock.

Jaco Pastorius

Sentado, en un lugar discreto delante de los metales,

estaba Shawn Lane con una hermosa guitarra Vigier

Excalibur Supra color miel. Los arpegios que tocaba a

una velocidad increíble me sacudieron el alma por lo

profundos e inspirados y me introdujeron en una

atmósfera espiritual.

Shawn Lane

Jim Morrison

A su lado se irguió Jaco Pastorius, que había estado

haciendo ajustes a sus pedales y amplificador. Cargaba

un bajo de jazz Fender sin trastes, con grandes

descarapeladas en la superficie. Enfundado en una

gorra de lana con franjas de colores, desde su lugar, con

una pícara sonrisa, hacía un desafío musical a Paul Grey.

John Bonham. Bonzo

Yo no había visto que había otra batería, pues John

Bonham, el legendario Bonzo, baterista de Led Zeppelin

no se había colocado en su lugar. Estaba haciendo

bromas con Brian Jones, el héroe de mi adolescencia,

guitarrista de la primera formación de The Rolling

Stones, mientras terminaban de fumar un churro. Brian

encendió las pastillas de la guitarra hecha

especialmente para él, la Vox Mark IV en forma de

lágrima que tanto me gustaba. Bonzo se colocó en subanquillo y de inmediato logró captar la atención de

Keith Moon con los fuertes tamborazos a su equipo

Ludwig. Keith se veía divertido y algo les dijo a los dos

fumadores, que terminaron riendo los tres.

Janis Joplin

Desde atrás del escenario se acercó un guitarrista con

aspecto bonachón, como un oso descrito a la manera de

Juan José Arreola, delatando su amable condición de

hombre primitivo. Su inmensa sonrisa hacía juego

perfecto con esa cabeza de pelos erizados. Traía una

guitarra que irradiaba una personalidad propia:

diapasón de ébano, marcadores de trastes hechos de

madreperla y plata sterling, el cuerpo era de madera de

maple occidental con un núcleo de madera de

nazareno. Más abajo del puente de la guitarra, la

simpática caricatura de un lobo. Inconfundible: The

Wolf, la guitarra artesanal hecha especialmente por

Doug Irwin para el legendario pionero del rock

psicodélico con orígenes en la histórica esquina de

Ashbury y Haight en San Francisco, la meca del hipismo:

el inmenso Jerry García. Acostumbrado a coquetear con

sus seguidores, tocó con picardía unos solos en la

hermosa guitarra que mostraban la patente del músico

con alma legítima de rock y sello de The Grateful Dead.

No podía salir de mi asombro cuando apareció en el

escenario Janis Joplin vestida a la manera hippie de los

años 60. Se notaba que había bebido pues entró

saludando y tropezando, riéndose de cualquier cosa.

Encontró un micrófono libre y empezó a cantar trozos

de un blues cósmico completamente desconocido que

le salía desde el fondo del alma. Me estremecí de la

emoción y la piel se me erizó por toda la espalda y los

brazos. Por último, distinguí a Thelonious Monk

haciendo unas formidables improvisaciones de jazz

frente a su piano, llenando el escenario con una

atmósfera de elegancia sonora. Pero todos esos sonidos

y vocalizaciones de maravilla no eran más que ejercicios

de afinación y calentamiento. Tan sólo de imaginar el

ensamble completo, tocando algunas obras clásicas de

rock y de jazz que ya presentía, me llenó el cuerpo de

adrenalina, acelerando mi corazón y mi respiración

hasta la impaciencia.

La extraña circunstancia de que todos los músicos que

me rodeaban habían muerto, algunos desde el lejano

1969, hasta Gray, que había desaparecido apenas hacía

unos cuantos meses, no me atemorizaba. Todo

parecería una fantasía pero el sonido, la firmeza

tangible de mi guitarra, la sensación real de las cuerdas

bajo las yemas de mis dedos, el poderoso sonido y las

luces que encandilaban mis ojos me convencían de que

eso no era un sueño. Sin embargo, todos ellos eran

habitantes del Valle de las Calacas.

Thelonious Monk

Con una falta de humildad, consecuencia natural de

cuanto había bebido pero también por el reclamo de un

derecho que me otorgaba yo mismo en premio a toda

una vida dedicada a adorar la música, más la inusual

situación, me aferré a mi lugar en el escenario con laguitarra lista, decidido a acompañar hasta donde mis

limitadas habilidades me dieran, a la banda de ensueño.

Jerry García

Frente a nosotros, al fondo, se abrió la puerta de la

entrada al bar. Las luces que me daban en los ojos no

me dejaban distinguir a la pareja que entraba, pero sí

reconocí que eran un hombre con sombrero y una

mujer. A unos cuantos metros del escenario se

detuvieron; el hombre le dijo algo al oído a su

acompañante, ella se quedó parada y el hombre avanzó

hacia el frente. Las luces cercanas lo iluminaron y

reconocí al vaquero de la barra.

—“¿Cómo está? ¿Se siente a gusto?”, me preguntó con

una voz fuerte, potente, que nada tenía que ver con el

tono pusilánime de cuando se presentó por primera

vez.

—“Estoy eufórico, mire nada más qué músicos tan

formidables están listos para iniciar el concierto,” le dije

desde el micrófono. “No entiendo lo que pasa ni cómo

llegaron aquí, pero estoy feliz.”

El vaquero inclinó levemente a un lado la cabeza

mientras sonreía, como si estuviera muy complacido de

verme tan contento.

—“Me da mucho gusto oír eso,” dijo sin perder la

amplia sonrisa. “Bienvenido.”

—“¿Bienvenido? ¿A dónde? ¿Acaso es esto el Cielo?”

El vaquero dio una sonora carcajada que me hizo

recorrer un escalofrío por la espalda. Mis manos

temblaron ligeramente de miedo. Sus ojos estaban

rojos, encendidos. Se quitó el sombrero y en sus sienes

se observaban dos cuernos de macho cabrío cultivados

con un exquisito cuidado, que hasta podría calificarse

de buen gusto.

“¿El cielo? ¿Qué te hizo pensar

que esto es el cielo?”

—“¿El Cielo? ¿Qué te hizo pensar que esto es el Cielo?”

dijo con una atronadora voz llena de furia. “Bienvenido

al Infierno”.

Giró hacia atrás, por su derecha, extendiendo el brazo

para invitar a la mujer a que pasara al frente. Ella

avanzó y le dio su mano para que le ayudara a llegar al

escenario. Subiendo por unos escalones inexistentes,

con cuatro pasos por el aire llegó a donde estaba yo con

el resto de los músicos. Un podio que había estado

oculto en el suelo se elevó hasta quedar frente a la

orquesta. La mujer avanzó y levantó la cabeza. Al darle

de lleno la luz en la cara reconocí en las facciones secas

por el ayuno crónico a Karen Carpenter. Con una sonrisa

que se deformaba de manera macabra por la falta de

carne en las mejillas, nos distribuyó unas hojas con una

partitura musical. Se paró en el podio de director y nos

ordenó, “Bien, muchachos, vamos a ensayar esta

canción, que es mi preferida. No se preocupen si les

cuesta un poco de trabajo y cometen algún error al

principio. Tenemos toda la eternidad para ensayarla.”

El vaquero demoniaco no dejaba de reír a carcajadas.

Karen Carpenter nos dirigía marcando el compás con

sus famélicos brazos mientras cantaba con su melosa

voz que nos causaba un choque hiperglucémico, Why do

birds suddenly appear, every time you are near? Just like

me, they long to be, close to you.

FIN

 

Referencias musicales

Take 5:

Satin doll:

Take the A train:

Smoke on the water:

ure=related

Paranoid:

La Grange:

bR8&feature=fvw

(They long to be) close to you:

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