El hombre en el espejo

Por: Rico Malvaez

Tras la fría ducha que amanece en mí, en labios secos y ojos pegados a unos párpados cansados y un lamento interno de dolor acompañado.

Acompañado por la cruda del desvelo de pensar y pensar en ti, que cigarro tras cigarro acompaña mi guitarra en un canto de gitano, de un gitano agitado, por la inquietud de quemar la piel, la piel viva del deseo de amar a la mujer que lo acorrala, que lo acorrala sin barreras, simplemente emocionado.

¿Qué me pongo esta mañana, si no salgo a la calle desde antier? ¿Qué me diste que no duermo?, ¿qué me hace falta para entrar en ti? Un vaso de agua necesito en este instante, o lo bebo o lo tiro,… ¡otra vez! Ya qué importa, si he bebido todo el vino que me traje del camino, de aquel frasco que quedó en la pared.

Aunque busque y si busco hasta debajo de la cama, no la voy a encontrar…, esa respuesta que me atrapa y me atrapa como presa, de un filántropo en la pared, de la puerta de mi cuarto a la ventana de la sala, fácilmente me puedo perder, como anoche que sentí que ya encontraba la respuesta, de por qué empecé a beber.

Mujer, te he encontrado,… en las notas extraviadas de mi lira, en el suave beso que seduce en una madrugada en altamar, al que canta y canta en la ventana de la amada con el tono de un juglar, me has dejado una nota en el espejo, un espejo que refleja un silencio, un vacío, y que triste me has hecho ver la realidad… y sin querer

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